El fatalismo de Garzón

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Con independencia de inquisiciones, torquemadas, linchamientos, delirios de grandeza, jueces estrella y estrellados y prevaricaciones, reales, virtuales o presuntas, lo que le ocurre a Garzón bien puede achacarse a la fatalidad.

Quien ha prestado servicios como abogado de oficio en muchas guardias -como es el caso de un servidor- se ha encontrado muchas veces con situaciones parecidas. El camionero intachable que saliendo de una boda y conduciendo un turismo es sorprendido en un control de alcoholemia, le retiran el permiso de conducir y con ello pierde su trabajo; el niñato casi adolescente que en una trifulca de discoteca lanza dos piedrecitas contra un policía que no llegan ni a impactar, y por ello, el fiscal califica su infracción como atentado grave contra agente de la autoridad con instrumento peligroso y pide 4 años de prisión. O sin ir más lejos, todas esas infracciones que por corrientes no dejan de serlo, como no declarar en escritura pública el precio de compra de una vivienda, lo que constituye un delito de falsedad en documento público más la correspondiente infracción fiscal; todas esas triquiñuelas que todo el mundo conoce, menos los notarios y que, por corriente que sean, si te pillan te han pillado y no puedes excusarte diciendo que todo el mundo las hace (menos los notarios). Si te descubren es una fatalidad y nadie monta un cirio, y si el camionero o el taxista pierden su trabajo, o el medio adolescente acaba en la cárcel, a nadie le importa.

Lo de Garzón es parecido. Cabe atribuirle muchos méritos y probablemente otros jueces hayan hecho cosas peores y nadie les ha procesado, pero ese día quizá fue él quien pudo haber conducido con unas copitas de más aún sabiendo que un sábado por la noche, en la entrada de su urbanización, siempre había apostada una unidad de control de alcoholemia. En fin, ¿qué puedo decir de Garzón que no se haya dicho ya o que ustedes no sepan? Lo mismo que le dije al camionero, al taxista y al niñato sollozante: Baltasar, has tenido muy mala suerte.

Votos cautivos, votos prestados y votos tóxicos

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Algunos candidatos pertenecientes a partidos pequeños (como UPyD y CiU) están solicitando no que les voten sino que les presten el voto. La explicación es tan sencilla como absurda. Puesto que el resultado de los comicios que tendrán lugar el próximo 20 de noviembre, parece evidente -con una mayoría absoluta a favor del PP-, quienes saben que su presencia en el Parlamento será simbólica solicitan a los votantes cautivos de dicho partido y del PSOE no que les voten (y escapen así de su cautiverio) sino que les “presten” el voto durante cuatro años a fin de que el consumidor pueda probar el género antes de salir definitivamente de esa cárcel que representa el bipartidismo.

Durante esos cuatros años los prestamistas podrán decir abiertamente que votan habitualmente al PSOE o al PP, pero su régimen penitenciario se habría relajado, entrando en un especie de tercer grado en el que les está permitido hacer una vida de semilibertad, comportándose como si fueran personas normales y espontáneas y no soldaditos de plomo condicionados.

Queda por aclarar la cuestión de los intereses a pagar y cómo será, en esos cuatro años, la relación triangular entre el cautivo, el partido cautivador (PP o PSOE) y los partidos temporalmente prestatarios de esos votos. Y lo que es más importante, ¿cabe la morosidad en este tipo de préstamos? ¿se aplicará el euribor? ¿podrá actuar el FROM para rescatar los partidos que han malversado los votos a crédito? ¿habrá votos tóxicos que hagan quebrar el sistema político como las hipotecas tóxicas destrozaron el sistema financiero?

En estos tiempos más vale no hablar de préstamos que nos recuerden a la crisis económica. Unas elecciones generales son un motivo de esperanza. Que cada cual vote a quien quiera y que Dios nos coja confesados.

Tras el asesinato de Gadafi algunos líderes mundiales reclaman la restauración de la damnatio memoriae

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Con el abominable asesinato de Gadafi muchos líderes del mundo, que antes estrechaban su mano, han comenzando a renegarle. Otros, sin llegar a ese incongruente extremo, han buscado pretextos más o menos razonables: que si el bien público, que si contenía al terrorismo internacional (que antes él mismo azuzaba) o que si más vale malo conocido. Todos esos líderes echarían en falta esa institución romana llamada “damnatio memoriae”, probablemente la peor pena a la que se podía condenar a una persona, y que consistía en borrar todo rastro físico y documental que la recordara, incluyendo archivos, estatuas, monedas allá donde se encontraran.

Tondo con la familia de Septimio Severo en el que aparecen retratados Severo, su esposa Julia Domna, sus hijos Caracalla, y Geta, cuya cara ha sido borrada por su damnatio memoriae ordenada por su hermano y asesino Caracalla.

Esta medida, normalmente reservada a emperadores, se aplicaba en muy pocas ocasiones porque era muy cara. Después de ajusticiarlos sumariamente, se ejecutaba la “damnatio memoriae”. En la decadencia del Imperio, y ante la escasez de recursos en las arcas públicos, los romanos, que eran muy prácticos, pronto adaptaron la condena a tiempos de carestía. En vez de sustituir íntegramente estatuas, que era un dispendio intolerable, decidieron aplicarles el método “gamba”, es decir, aprovechar todo el monumento a excepción de la cabeza que era sesgada colocándose en su lugar la del nuevo emperador. Pero no nos engañemos. Si en la actualidad un ciudadano de Wisconsin no sabría reconocer a Zapatero, pese a ostentar, junto al Presidente Obama, el coliderazgo del planeta durante seis meses, poco iba a saber un ciudadano romano de Mesia, del Ilírico o del lejano Ponto, hacia el siglo III o IV d.C., del aspecto que tendría el nuevo emperador cuando tampoco habían visto, por fotografías o por internet, a ninguno de los precedentes. No es de extrañar, que la damnatio memoriae se fuera abreviando, y en sus últimos años los romanos, más pendientes de defenderse de los bárbaros que de otra cosa, optaran por dejar las estatuas de los condenados tal y como estaban conformándose con cambiar el nombre del emperador al que se habían dedicado.

Lucio Elio Sejano fue condenado a la damnatio memoriae después de conspirar contra Tiberio en 31; como consecuencia, sus estatuas fueron destruidas y su nombre borrado de todos los registros públicos. Esta moneda de Augusta Bilbilis, acuñada para conmemorar el consulado de Sejano, tiene raspado su nombre.

A muchos de esos líderes mundiales actuales les hubiera encantado que un Tribunal Internacional hubiera condenado a Gadafi a semejante pena, pues desapareciendo el libio de las hemerotecas y de los libros de Historia se ahorrarían muchas explicaciones. El problema es que con la propagación de imágenes, entrevistas y artículos a través de Internet sospecho que eso es una empresa harto complicada. Por lo pronto tendríamos que descabezar todas las imágenes del dictador y colocarles otras cabezas no abominadas lo que no es tarea fácil ni siquiera con el photoshop.

De todas formas, ya es tarde. Muerto el reo se extinguió la pena, aunque siempre les quedará el alivio de conocer la extrema fragilidad de la memoria colectiva que dentro de unos años pensará que aquel señor con traje blanco nuclear y capa negra que aparecía entre diversos líderes mundiales era la soprano neozelandesa Kiri Te Kanawa al finalizar una representación de Casta Diva de Bellini; que el señor con chilaba aúrea que aparecía al lado de Aznar y un caballo, era Ana Botella celebrando las bodas de oro; que el individuo que aparecía al lado de Zapatero departiendo amigablemente en la Moncloa era en realidad Marujita Díaz después de recibir del Gobierno la medalla al Mérito Artítistico; y el señor que aparecía junto a Marujita Díaz no era Zapatero, sino Mister Bean que junto con la folclórica habían organizado un montaje para salir en Sávame de Luxe, con lo que la pista del dictador se habría perdido para siempre, sepultada bajo toneladas de basura televisiva.

Mario Conde se mete a gurú de las finanzas

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"De aquí se sale", nuevo libro de Mario Conde

Que todavía se mantenga el Premio Nobel de Economía -y con ello se asuma que la Economía es una Ciencia-, pase, pero que Mario Conde se ponga a dar consejos para salir de la crisis económica eso es Paraciencia.

El secreto que Gadafi se lleva a la tumba (y que la CIA nunca se atreverá a revelar)

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Con el bochornoso asesinato de Gadafi desaparece uno de los secretos mejor guardados del socialismo panarábigo norteafricano: el nombre del sastre del dictador. Sería aconsejable, por la buena salud mental de la Comunidad Internacional, que el próximo sátrapa libio, ya que no es de esperar que respete los derechos humanos, sea al menos tan pintoresco como el defenestrado y pronto lo veamos desfilando por la pasarela de Cibeles, que bastante chándal hortera hemos tenido ya con Fidel Castro y Hugo Chávez.

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